I d’Internet, segons Ramon Llull i Jorge Luis Borges

Paul RumseyINTERNET f. Del Llibre de plasent visió, on el text i la imatge inclouen ordenadament tot el que és, ha estat i serà, al Libro de arena, on els continguts es resisteixen a qualsevol intent de classificació i fixació que resulti útil per a la raó. Hi ha qui s’ha entretingut a veure-hi paral·lelismes amb el web i l’hipertext. En la visió optimista de Ramon Llull, el món es pot descriure i interpretar, per més obscura que sigui la figura que l’enclou, i el saber és accessible des de la pantalla de l’ordinador de casa en un grau que les antigues enciclopèdies no havien pogut imaginar. En el malson descrit al conte de Jorge Luis Borges -que també s’hauria pogut completar amb La biblioteca de Babel-, les dades flueixen a través del llibre sense una construcció superior que les doti de sentit, en la seva major part irrecuperables per a l’observador.

:: Ramon Llull, Libre de meravelles, III, a cura de Salvador Galmés, Barcelona: Barcino, 1933 (Els Nostres Clàssics, A, 42), p. 72-73 (ll. VIII, cap. 57) ::

Dementre que lo rey stave en aytal consideració, I donzell aportà al rey I libre hon eren depintes moltes figures e stòries. Aquell donzell dix al rey estes peraules:

–Sényer rey, I sant ermità, qui en Iª alta muntanya, prés de I vostre castell, feya penitència, és passat de aquesta vida. E, en sa mort, mon pare visità aquell sant hom, lo qual li dix que ell aquest libre donàs al pus devot príncep que ell sàpia; e per açò, sényer rey, mon sényer pare vos tramet aquest libre, per ço car vos té per lo pus savi e·l pus devot príncep que ell sàpia en lo món.

–Donzell, dix lo rey, sabets vós de què és aquest libre?

Lo donzell dix al rey que lo libre és de plaser corporal e espirital:

–De plaser corporal és, per ço car hi ha moltes e diverses figures, qui són molt noblament feites, e són de totes aytantes maneres com hom pot pençar de criatures e de obres de criatures. Ço és a saber: en lo libre és lo cel imperial affigurat, e la disposició de la sede magestat e de los sans de glòria; enaprés hi és l’afigurament del firmament, e del sol e de la luna, e hi és la istòria del Veyll Testament e del Novell. En aquest libre són afigurats los philòsofs e les obres de natura, enaxí com en hòmens, bèsties e aucells, peixs, plantes; e de totes les bèsties, aucells, peixs, plantes hi ha figures e obres; e açò mateix dels hòmens, enaxí com de prelats, prínceps, clergues, cavallers, mercaders, e de totes les arts machàniques. E axí, per orda, en cascuna cosa distincta de altra, ha sa figura, e la manera segons que los hòmens, e les bísties, e aucells e peixs viuen e fan en aquest món obres per tal que viuen. En aquest libre ha stòries de bataylles, de ciutats e naus e galees, e deserets [!] reys; e de totes les altres coses antigas que són passades, fa aquest libre memòria per figures. Aquest libre, sényer rey –dix lo donzell– féu aquest sant ermità, qui fo philòsof; e de tots los libres que poch atrobar, ell trasch totes les istòries que poch trer; e de tot ço que veïa fer als hòmens e a les bísties e aucells e peiys, ell feya libres e ho posava en figuras. Sényer rey –dix lo donzell– con lo philòsoff hac fet aquest libre, ell se’n vénch star en Iª sgleia ermitana, e en aquest libre ell guardava tot jorn, per ço que·n hagués plaer corporalment e spirital: plaser corporal na havia, per ço car lo libre és bell, e ben pintat e affigurat, e car de moltes figures és ajustat; plaser spirital na havia, per ço car, per ço que vehia ab uylls corporals, se girava a veser ab uylls speritals, ab los quals vehia Déu e les obres que havia en les criatures; e havia plaser de ço que considerave en les coses passades, e en les obres que fan les criatures.

Lo rey pres aquell Llibre de plasent visió, e en aquell se studiava volenter.

:: Jorge Luis Borges, El libro de arena, Buenos Aires: Emecé, 1975 ::

[…] Al cabo de un silencio me contestó:

–No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.

Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

–Será del siglo diecinueve, observé.

–No sé. No lo he sabido nunca, fue la respuesta.

Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño. Fue entonces que el desconocido me dijo:

–Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz. Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

–Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?

–No, me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

–Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de una rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hoja. Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

–Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

–Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

–No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.

Después, como si pensara en voz alta:

–Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

[…] Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cual, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad. Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta […].

Més:

Franklin-Brown, Mary, Reading the World: Encyclopedic Writing in the Scholastic Age, Chicago: The University of Chicago Press, 2012.
Sassón-Henry, Perla, Borges 2.0: From Text to Virtual Worlds, Nova York: Peter Lang, 2007.

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1 Comment

  1. “A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle”

    Em sembla que no fa falta dir res més.
    Gràcies, Maria, m’ha encantat.

    M'agrada

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